Mi poderoso exmarido me dejó porque pensaba que yo no podía darle hijos… Seis años después, me vio entrar en un restaurante con nuestros gemelos de cinco años y su nueva esposa me susurró: “Hay algo que nunca te conté”.

PARTE 2

Esa noche Santiago llamó a Mariana.

—¿Son míos? —preguntó.

Silencio.

—Sí —dijo finalmente—. Son gemelos, Santiago.

Apenas podía respirar.

“¿Por qué no me lo dijiste?”

Mariana soltó una risa amarga. —No puedes hacer esa pregunta después de cerrar la puerta.

Admitió que Rogelio le había dicho que había ocultado los resultados de las pruebas médicas.

—Y le creíste —dijo ella—. Querías a alguien a quien culpar.

Antes de que pudiera responder, Santiago recibió un mensaje de su investigador. Unos hombres custodiaban el taller de Mariana. Los niños estaban arriba.

Corrió a Roma y encontró a Mariana en la puerta con un bate de béisbol en la mano. Mateo lloraba en pijama. Elisa abrazaba un conejo de peluche.

“Tienen que irse”, dijo Santiago. “No están a salvo”.

Mariana odiaba recibir órdenes de él, pero el miedo por sus hijos la obligó a hacerlo. Les dijo que agarraran sus zapatos, chaquetas y su “juego de la tortuga”. Santiago se dio cuenta de que ella los había entrenado para huir sin asustarlos.

Se refugiaron en la casa de Julia Ortega, la abogada de Mariana.

Allí, unos documentos antiguos revelaron una cláusula oculta en el fideicomiso de la familia Ledesma: si Santiago tenía hijos biológicos, gran parte de la herencia quedaría protegida a su nombre una vez que cumplieran cinco años.

Los gemelos cumplieron cinco años el mes pasado.

—Por eso has vuelto —dijo Mariana con frialdad.

—No —respondió Santiago—. No lo sabía.

“Pero alguien lo hizo.”

Entonces Renata llegó a la puerta, empapada y temblando, con una memoria USB en la mano.

—Déjame hablar —suplicó—. Sé quién modificó los archivos.

Dentro, Renata confesó que Rogelio había pagado a gente para falsificar historiales médicos y apartar a Mariana de la vida de Santiago. Peor aún, alguien había intentado entrar en la habitación de los bebés la noche en que nacieron los gemelos, utilizando documentos falsos.

Mariana palideció.

Elisa apareció en el pasillo, abrazando a su conejo.

—Mamá —susurró—, ¿esa señora sabe mi nombre?

Renata se tapó la boca.

Y Mariana comprendió que el peligro nunca terminaba.

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