PARTE 1
La voz de Renata Andrade era tranquila, pero sus palabras resonaban en el comedor como si fueran cristales rotos.
“Esa mujer jamás podrá darte hijos, Santiago. Tienes que aceptarlo.”
Santiago Ledesma dejó el tenedor. Era un hombre rico, respetado en los negocios y temido en la política, pero esa frase tocó la herida que nunca había dejado que nadie viera.
Antes de Renata, había amado a Mariana Ríos, una dulce restauradora de arte con las manos manchadas de pintura y una mirada llena de paciencia. Su matrimonio alguna vez pareció sincero, hasta que años de tratamientos fallidos y dolorosos silencios transformaron el amor en reproche.
El tío de Santiago, Rogelio, le había susurrado dudas al oído.
“Algunas mujeres ocultan la verdad cuando hay una fortuna en juego.”
Santiago le creyó.
Una tarde lluviosa, él le dijo a Mariana que su matrimonio había terminado. Ella le preguntó si eso era realmente lo que quería.
—Sí —respondió.
Seis años después, un médico le dijo la verdad a Santiago: nunca había tenido ningún problema de salud.
Esa noche, abrió un viejo cajón y encontró el anillo de bodas que Mariana le había devuelto. A la mañana siguiente, contrató a un detective privado.
Cuatro días después, descubrió que Mariana vivía en Roma y era propietaria de un taller de restauración.
—¿Y qué? —preguntó Santiago.
El investigador colocó las fotos sobre su escritorio.
“Tiene hijos. Gemelos. De cinco años.”
Santiago tomó la foto con manos temblorosas. Mariana estaba arrodillada en un parque junto a un niño y una niña. El niño tenía la barbilla de Ledesma. La niña tenía los ojos grises de Santiago.
Sus nombres eran Mateo y Elisa.
Esa misma semana, Santiago los vio en un restaurante de Polanco. Mariana se quedó paralizada al verlo.
—Mariana —dijo.
“Este no es el lugar.”
Mateo levantó la vista. “Mamá, ¿quién es?”
La respuesta de Mariana lo destrozó.
“Una persona a la que conocí hace mucho tiempo.”
Ni padre. Ni familia.
Alguien.
Cuando Santiago mencionó el nombre de Mateo, el rostro de Mariana se endureció.
“Ni se te ocurra.”
Se marchó con los niños bajo la lluvia. Santiago quiso seguirlos, pero Renata lo agarró del brazo.
—Si los persigues —susurró—, descubrirás cosas que no podrás perdonar.
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