Dentro,
un perro callejero flaco.
Acostado contra su pecho.
Pequeño.
Marrón.
Temblaba tanto que le temblaban las orejas.
El anciano seguía frotándole el lomo con una mano mientras ordenaba latas con la otra.
Mason aparcó.
Se acercó.
El anciano lo notó inmediatamente.
Su postura cambió.
No era miedo exactamente.
Más bien una disculpa.
Se enderezó.
Sonrió con incomodidad.
“Lo siento”.
Mason se detuvo.
El hombre señaló el carrito.
“Me voy”.
Otra pequeña sonrisa.
“No quería bloquear nada”.
Mason miró a su alrededor.
No había nada bloqueado.
Miró al perro.
Luego preguntó:
“¿Tu perro?”.
El anciano pareció sorprendido.
Luego negó con la cabeza.
“No”.
Pausa.
“Lo encontré”.
Mason miró al perro.
El anciano se encogió de hombros.
“Parecía tener más frío”.
Largo silencio.
Mason se quedó mirando.
Luego miró el abrigo.
El anciano no llevaba guantes.
Dedos rojos.
Temblaba.
Pero el perro estaba completamente acurrucado dentro.
Mason preguntó:
—¿Y tú?
El anciano rió una vez.
Una risita.
Avergonzado.
—Oh.
Bajó la mirada.
—He tenido más inviernos. Lee la historia completa debajo del enlace en los comentarios.
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